«Se dice que la historia la escriben los vencedores, pero en El ejercito ciego la escriben los vencidos». Una verdadera hecatombe, en el sentido homérico, de la inventiva; una gesta coral donde no falta el humor negro y la barbarie puede transformarse en «dignidad y belleza». Conversamos con su autor.
Texto: JML // Fotos: JML y DANIEL MORDZINSKI
Ganadora del XXIXº Premio Alfaguara, que logró el 26 de enero de 2026, El ejército ciego es una narración contada en primera persona por un tal Kozaro, el Escriba, seudónimo del escritor mexicano David Toscana. «A partir de un hecho histórico del siglo XI en el que Basilio II, emperador de Bizancio, da la orden de cegar a 15.000 soldados búlgaros, el autor crea una fábula oscura y poderosa que se aleja del relato histórico y convencional ofreciendo una lectura simbólica, casi mítica, en torno a la guerra, el poder y la resistencia […]. Una gran épica de los vencidos».
El autor ha estado recientemente de gira por España —Madrid, Barcelona, Salamanca…— para presentar su libro, «obra de tono oral y poético que mezcla testimonio, leyenda y humor negro», según el acta del jurado. Presidido éste por el escritor Jorge Volpi, contó entre sus miembros con la profesora del Máster en Edición Camila Enrich, scout y programadora cultural. Pudimos charlar a primera hora de la tarde con David Toscana en la terraza de un hotel de la Ciudad Condal. Dos horas después… hablaba de su novela en la Librería Finestres.
—Tu libro es una especie de tralla lingüística… ¿Cuál ha sido el proceso de creación? ¿En dónde te has inspirado? ¿Quiénes te han aportado información? ¿Cuál ha sido la intervención del editor, si lo ha hecho?
—Al estar situado en el año 1000 [concretamente, en el 1014], no puedo no escribir con un cierto sabor antiguo, como si lo hiciera en un pergamino, que era entonces un material muy caro y escaso. Contando, claro, no más cosas de las necesarias; eso sí, sin caer en la escasez de palabras, pero tampoco en la exuberancia. Pensando siempre en que los narradores no tienen ojos y que no se van a detener a relatar determinados pasajes o estímulos visuales. Soy lector de clásicos y, para buena parte de esta novela, mis maestros serían los de antes… No sé si conoces el libro Sobre lo sublime…
—No… pero en un momento de la novela lo citas, y es de un tal Longino…
—¡Ah!, sí. Pero no es ese… [está claro, pienso, que es un personaje]. Me refería a que sigo, incluso, ciertos consejos de los antiguos, parto de ellos… Bueno… Siempre he dicho que hay que escribir, al menos yo, y siguiendo con tu pregunta, sin tener que confiar en los editores ni en los correctores. Tengo colegas que cuando hablan con sus alumnos en un taller de escritura les dicen: «Ustedes no se preocupen mucho por el lenguaje… pues… las editoriales tienen correctores». Y yo, cuando oigo eso… digo: «No, no, noooo». Mi trabajo como escritor es que prácticamente el editor y el corrector no trabajen (risas). Sin embargo, en el manuscrito de la novela había alguna errata, como la palabra «lombrices»; estas, en el relato, salían de las cuencas infectadas de los ojos y… Me lo hizo ver el editor y me sugirió «gusanos». Pero no me gustaba «gusanos», la verdad. Le di vueltas durante el día y, finalmente, quedó en «larvas»; más acertado, creo.
—Sí, por supuesto: la lombriz es más de tierra y no sale de la carne… y la larva…
—…la larva sí aparece en los cadáveres…
—¿Cómo llegaste a esta historia? Aunque en la Biblia hay algún pasaje en que se pide a Dios que ciegue a un ejército de Siria…
—Sí, así es, y a Sansón le sacan los ojos… Yo aprendo mucho de la Biblia, que, en determinados pasajes, la narración es muy verosímil. Por ejemplo: «Se abren las aguas, en el Mar Rojo, y pasan los judíos…» No se explica nada más. Esa brevedad me gusta, ayuda a la verosimilitud. ¿Sobre cómo llegué a esta historia? Hay un historiador bizantino que cuenta este episodio, que se llama de más maneras a como lo llamo yo aquí, la batalla de Klyuch. Me lo encontré en un compendio de historia. Quise averiguar más, por mero interés… saber qué había pasado con los 15.000 soldados ciegos. Di, en la Biblioteca Nacional de España, en Madrid, con el códice del siglo XII Skylitzes Matritensis, de donde sale esta ilustración [señala la cubierta, ver al final del post]. Y busqué más información, pero no había nada más que el párrafo que cito al principio del libro:
«Dicen que el emperador cegó a los prisioneros, en número de quince mil, con órdenes de que a un hombre de cada cien se le dejara tuerto para que sirviera de guía. Entonces los envió de regreso a Samuel. Él cuando los vio llegar en tal cantidad y en el estado en que se hallaban, careció de fuerza moral para soportar el golpe. Le vino encima la oscuridad y un desmayo, y cayó al suelo. Con agua y mirra hicieron que volviera a respirar. Lograron que recuperara en algo la conciencia. Mientras revivía, pidió de beber agua helada. La recibió. Bebió. Sufrió un ataque al corazón. Dos días después murió, en el 6 de octubre». IOANNIS SKYLITZES (1040-1101). Sinopsis de la historia
Luego encontré que un historiador polaco cita el mismo párrafo y apunta que lo que sigue no es obra de historiadores sino de novelistas. Entonces me dije… pues… ¡vamos! [risas].
—Cambiando un poco de tercio y metiéndonos en el premio, al final del tomo y como paratexto, se recoge una frase de Carlos Fuentes: «Todos los escritores de la lengua española tienen un mismo origen: el territorio de la Mancha». ¿Te consideras parte de ese territorio?
—Ahí, en ese texto, se habla de la Mancha como sinónimo de Don Quijote. Yo, desde siempre, más que cervantino, me considero quijotesco. Pero… soy muy lector del Siglo de Oro. De su teatro, que, leído en voz alta, me da oído, sonido… la forma en que se trabajan las frases, el ritmo… Y por la parte quijotesca que tengo, siempre descubro que, si los personajes están un poco desquiciados, por alguna u otra razón, la prosa se te vuelve más libre y las situaciones, como narrador, te dan más libertad. A veces lo he hecho más directamente, creando personajes muy muy quijotescos. Y aquí, en esta novela, aunque parezca no poco menos, desde la entrada, hago que me pregunte a mí mismo por los 15.000 ciegos y su ceguera… y que ellos me respondan… «por eso nos volvimos locos». Y a partir de ahí, ya tengo el tono… pero al poco ellos se ponen a jugar con los ojos (risas). La historia, en Bulgaria, es un evento muy conocido y siempre se toma como una tragedia, un drama, una humillación, una gran derrota… Si nos detenemos aquí, en este primer párrafo, sí, lo es; pero también permite que me pregunte qué tiene que haber vida después esto, más allá de la ceguedad.
—Otra cuestión: escribes en la revista digital Letras Libres. ¿Afrontas tus colaboraciones con la misma intensidad que en tus trabajos novelísticos?
—Cuando escribo un artículo, pues… tiene algunas diferencias. No estoy haciendo algo redondo, sino simplemente plantear una idea. Tiene, sin embargo, una cosa similar a mi novelística: que puede leerse en cualquier momento, pues yo no escribo sobre temas muy puntuales. Por ejemplo: ocurre algo en México, un hecho en el que hay un abuso de poder. Entonces, lo afronto en general, no en términos particulares, no, no. Y recurro muchas veces a los clásicos para contar lo que sobre algo similar dijo Julio César o Heródoto…; o Montaigne, en alguno de sus ensayos. Quien lee mi artículo dirá: «¡Ahhh! Toscana está hablando de este asunto». Y al cabo de diez años, el lector dirá algo parecido… y ello porque nunca puntualizo…
—…y porque busca ser atemporal… Apunté antes la riqueza del lenguaje en tu novela. ¿Qué tal lleva las traducciones?
—Ya tengo traducciones de otras novelas. Aquí, en esta, traducir al búlgaro es una cosa muy simpática, pues es pasar del español a una historia búlgara, que antes ha sido una historia búlgara escrita en español (risas). Pero ya me han comentado que está muy bien la traducción, que tiene el aliento, la fuerza, el lirismo del original. Yo confío, pues no queda otra opción, en los traductores. Confío en que siempre caes en las manos adecuadas, aunque, como en todo oficio, los hay más buenos y menos buenos. Sí, claro, a veces… cometen fallos terribles con tu texto. Pero, claro, no tengo modo de saberlo. Por ejemplo: me tradujo una mujer georgiana que vive aquí en Barcelona… y como el georgiano tiene un alfabeto que ni siquiera lo reconoces… no sabría valorar la traducción más que por lo que me dicen.
—El georgiano es más complicado que el cirílico del búlgaro.
—Sí, sí, más complicado. O, mejor dicho, nos resulta más «ajeno» que el cirílico.
[Este último, por cierto, se puede ver en los números de cada capítulo. El diseñador, o seguramente el editor, se ha decantado por ellos; al enumerarlos con el alfabeto cirílico, se es más consecuente con la temática de la novela. Sin embargo, el lector —es mi percepción— se llegará a despistar bastante si desea seguir esos números como línea de lectura, que no tienen nada que ver con los arábigos y romanos en una continuación cómoda del relato. Quizá el artífice, digamos, de esas «marcas de capítulo» pensaba más en el «toque estético-temático»; y que, ¡para seguimiento de lectura, era mejor recurrir al «marcapáginas»!].
—Una de las frases de la faja del libro tiende a vincular la novela al momento presente. Es una metáfora de lo que ocurre ahora…
—…y de lo que ha ocurrido siempre. Aunque lo importante es que los personajes sean sólidos. Pero algunos de los comentarios que se pusieron ahí, en la faja, están muy apegados al presente…
—Es el guiño al lector por parte del editor, ¿verdad?
—Claro, aunque Jorge Volpi me dijo que escribió un texto más amplio, y que lo redujeron a «Refleja muchas metáforas de nuestro tiempo», como se dice en la faja.
—Creo que, en determinados momentos, tu escritura se parece bastante a la de Juan Rulfo… incluso diría que a la de Jorge Luis Borges…
—[Se sorprende]. Eso… lo de Borges… lo voy a tener en cuenta (risas). Tal vez, quizá, sea por los formatos breves, por sus narraciones épicas y del pasado, por cierto aire mitológico… Pero, en realidad, tengo más en cuenta a Juan Rulfo, tengo más releidos El llano en llamas y Pedro Páramo.
—La novela tiene momentos duros, gore, que revuelven el estómago… cuando el grajo picotea las cuencas…
—Eso depende de la sensibilidad del lector, claro. Con todo, evité lo más fuerte, que es cuando le sacan los ojos a tantos miles. Pero no hay una descripción detallada, casi temeraria, de la sangre fluyendo, maniatados… y los ojos por ahí rodando. Simplemente, apunto lo que va a ocurrir… ¡y ya ocurrió!
—Otro tema son los muchos nombres de personas que empleas en los distintos pasajes. Como si hubieras echado mano de la guía telefónica búlgara…
—Son nombres de la historia de Bulgaria, nombres de zares, de generales, de religiosos… pero algunos han sido completamente inventados por mí. Hay búlgaros que me dicen: «Este nombre no es búlgaro… Tampoco sabemos realmente qué nombres tenía allí la gente hace mil años. Sabemos que ya eran cristianos, aunque también con nombres paganos. Aparece uno que se llama Igorón, que no es más que Igor.
—Al leerte, de vez en cuando buscaba algunas palabras, entre ellas, bucelato, que la encontré como un pastel italiano en forma de rosquilla, aunque, en uno de los momentos en que aparece citado en tu relato, aclaras que es una «galleta dura».
—Sí, son duras… las usaban los navegantes… y no se las comían ni las ratas. En las crónicas de la época aparece como bucelato y procede del latín buccellatum. Es que, si pongo galleta, parecería contemporáneo, como galleta de chocolate o de otra cosa (risas).
—Así es… ¿Qué buscas en un texto de ficción, en resumidas cuentas?
—Si escribo algo, sea ficción o no, siempre me tiene que enriquecer. Cuando doy con este pasaje histórico de los 15.000 ciegos y me lanzo a un mundo de hace mil años que no conozco, y a su alrededor encuentro y anoto información que yo no tengo… ello me ha llevado a leer crónicas antiguas que explican cómo avanzan los ejércitos o cómo los soldados no se quitaban las armaduras porque después les resultaba muy difícil ponerselas… Te enteras de miles de cosas, aunque yo no he utilizado muchas ya que no quería escribir una novela histórica. Mi novela es esta [la señala], y no tengo ni quiero competir con los historiadores.
—Para rematar la conversación, quisiera recoger la frase de la contraportada del libro que dice: «Voy a narrar lo que no vi para que lo vea quien me escuche». Más que nada es… como una actitud poética por tu parte, ¿no?
—Se dice mucho que cuando leemos un texto literario no estamos viendo imágenes; estamos viendo palabras, sí, pero eso no quiere decir que no estemos viendo lo que hay detrás de ellas. Y cómo cada lector… hasta qué punto se queda con una idea, hasta qué punto la recrea con imágenes, que por lo general las ve poco definidas. Si ves la película Anna Karenina, tienes unas imágenes… Pero si no ves una película de Crimen y castigo y solo lees la historia, entonces te imaginas, por ejemplo, el edificio, el hacha, la acción, la muerte… Pero hay cosas que son simplemente palabras… «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…»… son solo palabras. Y cuando sigue… «no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero»… Y te preguntas por «astillero»… entonces empiezas a jugar, a crear… Y luego, jugando, alguien te puede narrar algo que no vio. Ten en cuenta que, en esta novela, los narradores son personas que tuvieron ojos y ya no los tienen, pero entiende de formas, de colores, de brillos, de nubes… En la novela de Saramago, Ensayo sobre la ceguera, la gente ve y de pronto deja de ver, pero posee toda una acumulación de imágenes. Ante esto, yo me pregunto qué hubiera narrado si hubiera contado una novela con ciegos de nacimiento. Quizá pueda explorar esa posibilidad.

