Todo un maestro en el dominio del ritmo y la emoción, y con no pocas dosis de ironía, el pasado marzo Pierre Lemaitre estuvo de gira por España («ya es la tercera vez que vengo en un año») presentando su novela Grandes promesas. Publicada por Salamandra, se trata del cuarto tomo de la saga «Los años gloriosos», protagonizada por la cada vez más conocida familia Pelletier; se trata, junto a El ancho mundo, El silencio y la cólera y Un futuro prometedor, de «un monumental proyecto» que ha atrapado ya a millones de lectores por la habilidad de Lemaitre para mezclar narrativamente las historias particulares con las generales. Algo que ya inició sobremanera hace más de una década con Nos vemos allá arriba (Premio Goncourt 2013), novela que, según El Cultural, «es una trama meticulosamente urdida, con personajes rebosantes de humanidad, un buen ritmo narrativo y una prosa que fluye sin retórica ni alardes de estilo»; y todo ello, enmarcado en la Gran Guerra y sus consecuencias.
En esta misma línea, donde se fusiona lo popular y la alta literatura, se mueve la cuarta entrega, repleta de personajes bien construidos y sutilmente inscritos en unos años —«los treinta gloriosos de Francia», tras la Segunda Guerra Mundial— perfectamente documentados.
Al respecto, el autor apunta en la rueda de prensa: «Tengo una historiadora que trabaja conmigo, pues no puedo contar mucho basándome en mi propia memoria; y ella, la verdad, se dedica a desmentir o corregir lo que a mí me parece recordar; luego, por mi parte, me establezco una especie de genealogía donde escribo paso a paso, mes a mes, año a año… para saber cómo hemos llegado hasta aquí, algo muy importante en una historia literaria». Historia, en este caso, donde el autor trata de explicar el ascenso social en las ciudades (de París, sobre todo) y la decadencia en el campo. «De un lado, el capitalismo francés permitía el ascenso social; de otro, muestro las dificultades de una familia campesina a la que no le iba tan bien».

—Ahí es donde aparece la familia de emigrantes españoles… ¿Por qué?
—Porque quería dejar testimonio de que, en esos años gloriosos, había gente que se sentía atrapada, desvinculada, por los cambios. Y elegí la familia española de los Ramos por dos razones: la primera, que, para los años en que me ocupaba la novela, de las oleadas de inmigrantes la española era la más pertinente; también quería contar la segunda generación [la del joven Manuel] de esa familia dentro de la sociedad francesa. Hay, en cambio, una cuestión más personal: mi primera novia, que se llamaba Soledad, fue española (risas), y cuanto más mayor me hago, más siento la tendresse (ternura) de entonces. Pero, para completar esta pregunta, me interesaba remarcar que en la novela procuro reflejar «la estricta mirada colonialista de la sociedad francesa» para con las distintas «oleadas» de emigrantes, sean estos polacos, italianos, portugueses españoles…
—Junto a dicho protagonismo de lo español, el diario madrileño El Mundo ha recogido, vinculado a su proyecto de narrar el siglo xx de Francia, que le encanta Benito Pérez Galdós y sus Episodios Nacionales, los cuales cuentan, fundamentalmente, el siglo XIX y principios del XX de España. Igual que él (o casi), usted pretende contar década a década el espíritu de su país, sobre todo porque continuará la saga con varios tomos más.
—Los escritores en español me interesan mucho, los he leído bastante. Sigo la literatura hispana: Mario Vargas Llosa, Javier Cercas, Arturo Pérez-Reverte, Muñoz Molina… Y, por supuesto, a Pérez Galdós, de quien me gusta hablar porque lo admiro y por ser un autor minoritario en Francia. Siempre aprovecho para referirme a él porque es una manera de darle a conocer. Tengo un vínculo importante. Sobre todo, porque he cogido prestada su ironía con respecto a la mirada social, cómo la afronta narrativamente; también, la intriga, que solo puede funcionar si escribes realmente buenos personajes. Con el mío de Geneviève, en Grandes promesas, prácticamente caricaturesco y que nos encanta odiar, ocurre igual que en el de Torquemada, que es uno de mis personajes preferidos de Galdós. Además, cuando escribía esta novela seguía la polémica, o el debate, que se produjo en España entre, por una parte, Muñoz Molina y Vargas Llosa; y, por otra, Javier Cercas, en torno al papel que debería ocupar Pérez Galdós en la literatura española; y la verdad fue que, siguiendo esta discusión a distancia, me lo pasé muy bien… Al final, los tres se ponen bastante de acuerdo (risas).
—Sobre las «grandes promesas» del título… ¿cree que se han incumplido?
—La literatura habla siempre de las principales pasiones de la humanidad, y aunque escribamos del siglo III en China… siempre nos resonarán. Aquí, en esta novela, la promesa principal es que el futuro se presenta prometedor, abierto, agradable, con un capitalismo que nos asegura que seremos felices, algo que ahora se puede ver con una cierta ironía, claro. Entonces, no; y ello porque la imagen era la de una Francia, digamos, «adolescente», donde la sociedad disfrutaba viviendo como en la adolescencia, de una manera salvaje, inmediata, pensando siempre en el aquí y ahora… Aquella Francia de entonces, la de aquellos años gloriosos, se sentía feliz, esperanzada, encantada, sin pensar en las consecuencias que tenemos hoy en día, como la catástrofe ecológica.
—¿Escribir esta tetralogía, hasta ahora, le ha servido para comprender el auge actual de la ultraderecha tanto en Francia como en el resto de Europa?
—En cuanto periodo de los treinta gloriosos, no demasiado, pues el principal partido de extrema derecha francés no nació en los 60, sino en los 70, concretamente en 1974. El auge de esta corriente política será el tema que ocupará esta serie de novelas que me faltan… y que cubrirá el periodo de los 70 a los 90.
—¿Por qué observar el siglo XX a través de una saga familiar?
—Creo que son incontables los escritores fascinados por la familia en la literatura universal, también en el siglo XX. Una familia es como una sociedad en miniatura, donde se desarrollan todas las pasiones, los conflictos… aquello que conlleva la vida pública y privada. Y además, para un escritor es más fácil desenvolverse en un ámbito reducido que en algo más complejo como es una sociedad.
—¿Cuál es su relación con los editores? ¿Ha tenido conflictos con ellos?
—Por su pregunta, que es pertinente, creo percibir que usted concibe esa relación como «una cuestión de fuerzas». Y lo es. Pero lo es siempre, «toujours». Incluso cuando un autor, como es mi caso, tiene una relación estrecha, armónica, con el editor; me refiero a un entendimiento en cuestiones literarias, ya que el editor acompaña siempre al autor con la intención de mejorar la obra porque existe una relación contractual… Y si esta relación existe, es que hay una relación de fuerzas; por eso digo que «siempre». Aunque, si surgen conflictos, para eso tengo un agente.
—¿Cómo definiría el espíritu de aquellos años? Veo que se decanta por el automóvil como objeto…
—Podría haber elegido entre muchos objetos… muy… emblemáticos. Pero el coche era perfecto: simbolizaba la individualidad, la libertad, el deseo de ascenso social de clase en aquellos tiempos… Sin embargo, paradójicamente ha sido clave en el calentamiento climático global.
—Quisiera saber… ¿qué papel juega a lo largo de la saga el «personaje» del gato? Percibo su presencia como un toque irónico… Se muestra, a veces, indiferente a lo que ocurre, pero en realidad no se le escapa nada; incluso, hasta se anticipa…
—Joseph, que así se llama el gato, es el un ángel guardián de los Pelletier. Vigilante. Fiel. Está ahí. Su presencia responde a que me interesaba tener en el relato una mirada externa: pensé en un padrino, un amigo, un vecino… pero me decanté por él; como se sabe, los gatos son silenciosos, inteligentes, intuitivos… animales que conviven con todos los miembros de la familia, los aúna… y pueden acabar diciendo la verdad de lo que pasa entre ellos. Además, el «personaje» de Joseph me ha permitido dar un toque de realismo mágico, pues ya desde los egipcios a los gatos se le atribuyen poderes ocultos… Y este, en ocasiones, se muestra capaz, por ejemplo, de aproximarse al teléfono poco antes de que suene… como si adivinara la llamada… Eso, en varios momentos de la saga, me parece divertido, incluso entrañable. Espero, la verdad, que este ángel guardián acabe desempeñando su papel entre los Pelletier.
—Muchos de los personajes de la saga encandilan al lector, me parece. Pero ¿cuál es su favorito, si lo tiene?
—Siempre se dice que el escritor es para sus personajes como un padre de familia: quiere a todos sus hijos por igual. Por lo que… como padre… ¡no diré cuál es mi personaje más querido! (risas). Pero como sé que lo que comente aquí va a quedar entre nosotros (más risas), diré que mi personaje favorito es Louis Pelletier. Es el que tiene más de mí mismo, el más cercano, quien me ha aportado todo a título personal, con él abrí una nueva puerta en la novela negra, ha sido quien protagonizó en su momento la obra con la que conseguí el Goncourt, premio que me ha permitido ganar una «pequeña fortuna» para escribir sin ataduras. Louis, también, es quien abre este ciclo de diez libros… Eso sí, me he identificado tanto con él que… me resultó muy delicada la decisión que tomé de «darle muerte» en el tomo anterior. Y ello porque, cuando eres mayor, toda la simbología de mi «trato literario» con este personaje, que tanto tiene de mí, me pesa… me pesaba mucho… por lo que intenté darle una muerte que encajara bien conmigo mismo, y espero poder identificarme con ella en mi último aliento.
Tal vez por haber sido un escritor tardío y haberse dedicado a otros menesteres —como montar una empresa de formación pedagógica e impartir clases de literatura—, a Pierre Lemaitre (París, 1951) le cuesta mucho echar el freno a su intensa labor de escritor y, quizá también, de guionista. Optimista total, en la rueda de prensa de Barcelona, se comprometió acabar la saga de diez tomos que tiene entre manos «antes de cumplir los ochenta años». Y volver a publicar pronto «una novela negra son rasgos sociales». La razón para escribir esta última la explica sin vanagloria: «Como se me ocurrió la idea —y era una muy buena idea—, me puse a ello… y ya tengo trabajo hecho. No puedo decir mucho de qué va; solo que tratará de la dominación masculina y del dinero, y que ocurre hace veinticinco años, una generación algo cercana y al mismo tiempo lejana».
Esperamos impacientes sus historias subjetivas e incuestionables, de las que hasta ahora han disfrutado más de tres millones de lectores y han sido traducidas a más de cuarenta idiomas.— JUAN MALDONADO LÓPEZ

